La pieza se articula a partir de papeles teñidos con clorofila extraída de plantas invasoras, como el rabo de gato (Cenchrus setaceus), especies que prosperan en ecosistemas alterados —generalmente por acción humana— y transforman sus equilibrios. El proyecto surge tras la lectura de La sabiduría del jardinero de Gilles Clément, cuyas reflexiones cuestionan la forma en que categorizamos la vida. Las llamadas “especies invasoras” suelen entenderse como catástrofes ecológicas, pero esa valoración no describe lo que son, sino cómo las interpretamos. Una planta crece allí donde puede; es el ser humano quien delimita territorios, asigna pertenencias y administra la vida, estableciendo qué cuerpos son legítimos y cuáles exceden los márgenes. En este sentido, la verdadera catástrofe ecológica remite a procesos humanos de colonización, migración y globalización. Las plantas invasoras aparecen así como síntoma de esas dinámicas.
El proceso consiste en recolectar estas especies en solares y terrenos baldíos, macerarlas en etanol durante semanas y obtener un tinte que contiene su marca: color y material genético. Con él se manchan papeles; la esencia vegetal deviene dibujo, signo. La mancha, al irrumpir sobre el blanco, funciona como una forma de invasión simbólica.
Un foco proyecta tenuemente ese color hacia la calle, filtrándolo a través de un cristal siempre a punto de quebrar, en un equilibrio precario. Desde el interior del Círculo de Bellas Artes, la luz –artificial, tecnológica– invade un tramo anodino de la calle, atraviesa el espacio público casi inadvertida, interrumpiendo mínimamente el tránsito y la mirada. El color de la naturaleza se desplaza así al corazón comercial de la ciudad, donde la institución cultural persiste, también, como una presencia que ocupa y redefine su entorno.
